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María Judith Hurtado: Una vida de canto, alabanza y reverencia

Tiempo de lectura: 7 minutos

Los primeros recuerdos que María Judith tiene de su infancia son de plantas en el jardín de su hogar. Puede recordar decenas de ellas porque su primera maestra fue mamita Clotilde (su tía), quien la llevó a los tres años a la propiedad que tenían con su marido al pie del cerro Chapués (parroquia Urbina, cantón Tulcán). De ella aprendió no sólo cómo cortarlas para adornar el oratorio de la casa, sino el natural sentido de gratitud que nace de contemplarlas y regocijarse con ellas.

Del jardín a la huerta, a la loma, a los sembríos, al páramo fue el recorrido que ella siguió y que hoy se denominaría Educación Inicial, sólo que en ese entonces esa educación estaba a cargo de la propia familia, la familia ampliada. Tíos, primos, hermanos, padres constituían la primera comunidad que educaba. Una educación donde todo el material estaba al alcance de la mano y donde el aula era la propia naturaleza. Nadie que aprendió así olvida la fragancia, los matices de color, la distinción de los sonidos, lo que dice el paladar y el roce con la piel. No en vano a lo largo de su carrera María Judith ha cantado y alabado la vida en la tierra.

Pasaporte

Un pequeño gorrión,
fugaz, ligero,
llegó hasta mi ventana
y dejó tierno,
la pluma más pequeña
de su pecho.
Recordé en su volar,
que ir al cielo
tiene de pasaporte
en peso neto
un corazón liviano,
como pluma,
sin miedos, ni ambiciones
solo ofrenda.

Quién educa

Nos puede pasar fácilmente desapercibido el hecho de que para la generación de María Judith estaba asegurada la presencia familiar. Y ahora ya no lo está. Aunque no siempre las familias eran el sitio protegido y lleno de aprendizaje que fueron para ella, el entorno familiar jugaba su papel. Cuántos alumnos que lean esto saben que regresan a unos hogares vacíos, donde nadie enseña y nadie aprende. Ahora la función educativa está enteramente trasladada a la escuela, y la escuela no puede sola.

Por oposición, cuánta pérdida significa el habernos vaciado de la presencia de una colectividad fuerte. Porque la segunda comunidad que le formó a esta maestra fue su provincia natal, particularmente el sentido comunitario que la hizo heroica. Pocos ecuatorianos saben lo que esto significa, baste decir aquí que todo lo importante en el Carchi se construyó en mingas masivas (caminos, carreteras, aeropuerto e innumerables obras civiles). Sus padres participaban activamente en ellas como parte de su consciencia política y social. María Judith anota en sus escritos: “Las violetas también son el grato recuerdo de cuando al regresar de las mingas para construir el aeropuerto, las señoras colocaban en la solapa del saco o en la cinta del sombrero de los mingueros y papá al llegar a la casa nos las regalaba”.

Trabajadores dedicados -el padre tenía una zapatería y la madre una panadería- ambos estaban interesados en la política y pertenecieron al Partido Conservador (que sigue existiendo en la provincia). El interés en la realidad desde lo religioso y lo político, el dolerse del dolor del otro y no quedarse de brazos cruzados, la responsabilidad social y la práctica de los valores que vio en sus padres fueron su primer capital moral.

Y luego estaba esa poderosa forjadora comunitaria. “En las mingas se olvidaban los distingos políticos”, comenta ella, reconociendo el valor andino y ancestral  del trabajo minguero, donde toda filiación de pertenencia resulta reciente frente a lo que convoca desde atrás. Ese sentido de solidaridad y trabajo que marcó a su provincia le recorrió las venas a ella y a toda su generación, desde la infancia:

“Centrar la atención para cualquier aprendizaje, después, en la escuela o en la vida, tuvo raíces en la ejercitación del cerebro y de todo el cuerpo en el trabajo comunitario, en el que a los niños no se nos ahorraba esfuerzo, se nos dejaba que participemos a nuestro ritmo y que nos sintiéramos útiles e importantes entre todas las personas de diferentes edades: éramos igualmente serviciales, queridos y respetados”.

Erosionada esa fuerza modeladora, ¿cómo hace la escuela ahora sin  sentido comunitario, ni familiar, ni social? ¿A dónde vamos así, sino al abismo?

Descubriendo el mundo

María Judith Hurtado Cevallos (Tulcán, 1940) vivió en el Carchi hasta los 15 años cuando vino a Quito al Colegio María Auxiliadora, de donde se graduó de maestra normalista. Fue también por unos años hermana de la comunidad betlemita.

Cuando en 1967 fue a Roma a estudiar Teología, se encontró con una Iglesia en plena efervescencia de renovación tras el Concilio Vaticano II. “Descubrí a Latinoamérica desde Italia”, comenta. De ahí el paso inevitable fue llegar a la Teología de la Liberación en Medellín cuando al año siguiente se reunían los obispos latinoamericanos, y todo se sacudía en el mundo. Son esos momentos de sacudida -como los que están ocurriendo ahora mismo- los que permiten dar saltos a la psique humana, que en otras circunstancias tomarían décadas. Su vocación pedagógica tuvo cómo asentarse así en esa propuesta teológica para encontrar en la educación una forma de transformar la realidad, que fuera una alternativa a la lucha armada.

Viajar, conocer, estudiar, defender las luchas sociales fueron sus nuevas apuestas. “Me he atrevido a hacer cosas sin pedir permiso a nadie”, dice sonreída como para que cada uno entienda. En Ecuador y Perú trabajó con comunidades de base, en Brasil estuvo en la Escuela Posgraduada de Sociología y Política, y en Colombia pudo conocer la Cibernética Social, una metodología de desarrollo humano para comprender la realidad, que ha usado ampliamente. (El poema “Sueño común” -abajo- es un ejemplo de eso, y fue construido con la participación de representantes de 8 comunidades, coordinada por el Inepe).

El trabajo infantil es quizás al que más ha dedicado su tiempo. “Siempre amé a los niños y logré que me traten como a uno de ellos”, afirma categóricamente. Y ella les trata con la seriedad con la que ellos se toman sus juegos. De ahí que María Judith relate lo que produce el trato entre iguales que reciben en el INEPE: “Estaban en el comedor los niños y niñas de 2° de Básica. Miramos dos puestos desocupados y preguntamos a las dos niñas que estaban más cerca si nos podíamos sentar allí y nos dijeron que sí. En su espontaneidad y trato seguro con los adultos, que tienen los niños de esta escuela, una de ellas preguntó “¿Y tú cómo te llamas?”

Desde el 2003 se empezó a relacionar con el colegio en esa atracción natural que el INEPE logra despertar, y ahora realiza un trabajo de apoyo terapéutico individual a través de la Unidad de Salud. La noción de que la realidad debe cambiar es una convicción que le guía en ese trabajo, y la de que puede hacerlo es la terapéutica que usa con los niños y sus padres para erradicar las creencias negativas de sometimiento.

Si la presencia de María Judith en el INEPE afianza la experiencia de que la que educa y la que sana es la comunidad, entonces la urgencia es construir  esas comunidades no sólo para revertir la demolición a la que hemos asistido, sino para apuntalar las que afortunadamente tenemos y las que están resurgiendo en el mundo (ver Una alternativa al internet).

También en común se pueden escribir poemas y eso es lo que ha hecho  María Judith como una práctica culminante de su camino. Eso ha aprendido: a multiplicar la energía, en vez de sumarla.[i]¨

[i] Las citas de los textos de María Judith Hurtado se han tomado de los libros Tierra Viva: Señales de una ruta, 2017, pp. 28 y 46, El Niño Sol: Coloquio sobre educación infantil, 2013, pp. 15 y 94. Y las poesías corresponden a su libro Flores y Espigas, 2016, pp. 74 y 100-102.

Sueño Común

Desde diversos puntos de la tierra
convergimos aquí para tejer un sueño,
que dará nacimiento y armonía
a una comunidad de vida verdadera.

Porque nos duele:
ver deambular a los jóvenes,
niños desprotegidos, ancianos tristes y abandonados;
mujeres maltratadas y maltratadoras,
hombres alcoholizados y violentos
o dependientes y débiles,
seres indiferentes a la suerte de los otros.

Nos unimos para forjar con los compañeros,
equipos eficientes y solidarios,
que busquen el progreso
en todos los ámbitos de la vida, equitativamente,
porque amamos a nuestra gente.

En la construcción de nuestras comunidades
queremos que las palabras
integración, participación y desarrollo personal
dejen de ser discurso,
pues son tareas que rompen las ataduras de la impotencia,
sacan del anonimato social, establecen identidad
y muestran el camino y los pasos para andarlo.

Nosotros, desde donde estamos, hemos sido llamados
por la vida, a unir nuestro esfuerzo a otros que también
lo están haciendo, basados en valores profundos, que vimos
vivir a nuestros mayores.

La Educación Popular de niños, jóvenes y adultos es el camino.
-con el aprendizaje que empieza por leer la realidad,
-con la participación de todos,
-con la creatividad y la voluntad, para introducir
los cambios profundos que necesita nuestra comunidad.

El Desarrollo Social Comunitario lo hacemos nosotros.
Y por eso, nos proponemos
que todos los jóvenes de nuestras comunidades
no sólo culminen sus estudios, sino que se formen
en la solidaridad, la responsabilidad y el respeto
en sus núcleos familiares, el barrio, la ciudad y el país.

Soñamos para nuestra comunidad,
libertad, crecimiento humano intelectual y
como una red por donde circula la vida
con todos los elementos para un buen vivir,
llegue a ser grande, articulada solidariamente con
otras comunidades.

La comunicación en esta red de vida,
se propone fortalecerse para fortalecer la solidaridad,
para orientar, para formar con sentido crítico,
a fin de que nuestras comunidades sean capaces de
enfrentarse
a los retos de la actualidad.

Donde están nuestras comunidades hoy espacios,
que lograremos convertir en hermosos parques,
llenos de vida,
con caminos internos y externos
que nos comuniquen entre barrios;
con miles de árboles que nos brinden oxígeno y cobijo,
con fuentes de agua, con luz, con armonía,
que brinden paz y regocijo a todos;
con espacios de producción comunitaria y redes de apoyo
para las familias
y fuentes de trabajo para nuestros jóvenes.

Soñamos con una comunidad agradecida
por el don de la VIDA,
comprometida con amor en la recuperación
de la vida amenazada,
 con una comunidad autocrítica, cariñosa, sincera,
que camine en comunión
con el aire, el fuego, el agua, la tierra.
Soñamos con una comunidad hermanada
por la felicidad de trabajar por la vida,
para recrearse con más vida.

Comunidad, comunicación y comunión
Son palabras que llevan en su misma raíz
la sílaba OM, que con nosotros
vibrará en el universo, más allá del tiempo,
potenciada en este momento de la historia.

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